En la antigüedad la gente creía que el mundo terminaba en algún lugar al sur de los continentes entonces conocidos. En cierto sentido, tenían razón. A medida que uno deja atrás el Paso Drake y el Cabo de Hornos se sumerge bajo el horizonte a nuestras espaldas, el mundo que conocemos también queda atrás. Lo reemplaza un mundo nuevo, uno donde los únicos árboles son los pinos de Navidad que traen algunos de sus residentes temporales, donde las fronteras internacionales no cuentan, donde aves que no vuelan lucen smoking y las que vuelan lo hacen como bombarderos en picada, donde un manto blanco cubre el paisaje y el hombre deja que su faceta más ecológica y más universalmente fraternal emerja sin tapujos.